No,
un recital no es “sólo un recital” para mí. Para mí un recital conlleva
a ver en vivo en un estadio/teatro al artista (o artistas) que uno
admira. Es un proceso que va desde la emoción que surge al enterarse
de un tour y que tu país esté incluido en éste, hasta semanas después
de la gran noche del esperado concierto. Es el estar pendiente de ver cuándo salen a la venta las entradas, es sentir ...ese
nerviosismo durante la compra de que no haya en el lugar que uno
quiere, es sentir esa gran satisfacción al saber que ya está, la compra
esta hecha. Es esperar con ansias sobrenaturales a tener ese
papelito que es el pase a la felicidad y, cuando la entrada está en
nuestra mano, decir “la puta madre, ¡voy al concierto!”; porque ahora ya
es oficial, la entrada está en tus manos, vas o vas al concierto. Nos
tomamos un tiempito para admirar ese papelito rectangular, ese papelito
que cuidamos de todo y de todos. Ya empezamos a contar el tiempo que
falta para el gran día y que, generalmente, lo contamos en días. Porque
uno busca autoconvencerse de que sólo faltan días, no meses, ¡días! Y
esa emoción hace que le rompamos las bolas a todo ser viviente con el
tema concierto, hasta al pez y al perro le hablamos sobre eso. Pero es
que… ¡faltan días! Ponemos nuestra imaginación a full pensando en qué
pasará, qué canciones podremos escuchar, o… ¿lo/s podremos tocar?, ¿nos
notará/n? Sueños locos, tan locos que sería loco que se hicieran
realidad; pero no importa, es lindo sentir que eso podría llegar a
pasar. Y cada vez es menos tiempo el que falta… Los días parecen
eternos pero, cuando menos nos damos cuenta, faltan sólo semanas, una
semana, ¡días! (y sí, ahora, realmente, faltan días). Ahora toda la
emoción y todas las ansias se multiplican por mil; no hay manera de
pararnos. Ya a un día del concierto, no podemos más. Venimos
contando cuántos días faltan desde que eran ochentaypico (o más) y ahora
es uno, un día, 24 horas. Sentimos nervios, queremos que el concierto
sea ya, queremos vivir eso por lo que hemos estado esperando por tanto
tiempo. De una, no dormimos esa noche o, si lo hacemos, es durante unas
horas entrecortadas. Y ya el día del concierto, la noche del
concierto, más emocionados no podemos estar. Toda esa cantidad de gente
que va llegando al estadio/teatro está ahí por la misma razón que
nosotros. Una figura aparece en el escenario y el corazón nos late a mil
mientras que, automáticamente, una sonrisa se nos forma en el rostro.
Cantamos esas canciones tan sabidas y, entre gritos y luces de las
cámaras y demás objetos luminosos, se nos pasa el concierto. Y se nos
pasa rapidísimo. Escuchamos que comienza esa canción, esa que, sabemos,
es la última canción y chau; pero no queremos pensar en eso, tratamos de
disfrutar mucho más esos minutos que quedan… Ya no hay nadie en el
escenario, los reflectores ya están apagados. Oficialmente ha terminado
el concierto. Y nos quedamos ahí, observando cómo la multitud empieza a
irse, cómo empiezan a guardar los instrumentos, cómo otros hacen lo
mismo que nosotros: observar. Apenas ha terminado y ya estamos
nostálgicos, pero también estamos demasiado felices. Salimos en modo
automático, estamos en una especie de shock. Pero la puta madre, el
concierto fue asombroso, eso no nos cansamos de decirlo. Y lo repetimos
los días posteriores al recital. Pero la depresión post-concierto
nos está pegando fuerte. Vemos videos, vemos fotos, y nos acordamos.
Deseamos ahora más que nunca tener una máquina del tiempo para revivir
todo de nuevo, realmente queremos hacerlo. Queremos, pero sabemos que no
podemos. Nos deprime saber que ya pasó, que ya no tenemos nada que
esperar y volver locos a los demás, pero nos alegra saber que nosotros
estuvimos ahí, entre todos esos locos gritones viendo a ese músico o a
esa banda que tanto nos gusta, esa/s persona/s que nos trae un poquitito
de alegría a nuestra vida con su música. … Y esperaremos hasta el próximo anuncio de fechas del tour, para vivir todo nuevamente.
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